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El Problema de la España “Vacía”

La población española ha aumentado alrededor de un 36% desde 1975: se ha pasado de un país con 34,2 millones de habitantes a otro de alrededor de 46,9 millones, pero este aumento de la población no se nota en todas las zonas por igual. 

Provincias como Soria han visto como su población se reducía en este periodo más de un 23%, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), mientras que otras como Madrid han crecido un 73%.

Las regiones que se están despoblando ya han vivido dos transformaciones demográficas; el éxodo rural y la emigración de familias y jóvenes a las grandes urbes buscando, sobre todo, más oportunidades laborales que coincidan con la formación impartida. Pero todavía queda una tercera transformación demográfica que terminará de vaciar alguna de éstas regiones despobladas: el fallecimiento de los jubilados actuales. Las provincias en las que más gente ha emigrado coinciden con las que tienen mayor porcentaje de población por encima de 65 años. Esto significa que están viviendo ya la cuenta atrás para una gran despoblación provocada por el saldo vegetativo negativo (más muertes que nacimientos).

El movimiento de población de los pueblos a las ciudades lleva provocando durante años que amplias regiones de la península queden despobladas con densidades que compiten en los ránking europeos con la Laponia noruega.

Este proceso de pérdida de población se deja notar en las áreas que se han venido en denominar por los expertos ‘la España vacía’.

Las actividades de alto valor añadido se han concentrado en las dos grandes ciudades españolas: Barcelona y, especialmente, Madrid. El proceso de urbanización transformado en metropolización ha conducido que los pequeños pueblos de las dos mesetas ya estén desiertos y, las grandes ciudades españolas estén, por el contrario, demasiado llenas.

Las ciudades parecen competir entre ellas como si fueran PYMES con campañas de promoción: los eventos, la tematización de sus centros históricos, la cultura como valor de cambio, etc. Pero como dice el sociólogo y político ecologista español David Hammerstein, la omnipresente obsesión por el crecimiento y la competitividad económica eclipsa constantemente el debate en torno a los fines sociales y ambientales implicados en los proyectos públicos y privados de desarrollo urbano, y en las decisiones urbanas, en general. 

Y nosotros nos preguntamos: ¿En lugar de competitividad entre ciudades y territorios no tendríamos que estar hablando de cooperación, de coordinación e intercambio? 

Lo que está en juego es también la dignidad de la población, su completo desarrollo como seres humanos y su calidad de vida cada vez más mermada. Las grandes ciudades podrán ser más o menos verdes, más o menos proclives a la bicicleta pero no olvidemos los precios surrealistas, el hacinamiento del transporte público, el colapso de los servicios y la competencia por el espacio que son consecuencias de un exceso de población en las ciudades.

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